1. Introducción

El sueño del espejo

De niño, me formaron una “conciencia religiosa”, por llamar de alguna manera al entendimiento que tenía, inculcada e impuesta por mis “fuentes de información y custodia” más cercanas, o sea, mi escuela, iglesia y sociedad, donde se supuso mi aceptación total como mi “confirmación inteligente” a sus impuestas “propuestas”.
 
Cándidamente acepté como posibilidad del propósito del ser humano,  el juego intrascendente, dualista e infantil, cielo e infierno, bien y mal, Dios y diablo, bueno y malo, santo y pecador, blanco y negro, a pesar de apreciar que las cosas no funcionaban así. En aquel entonces ese tema no ocupaba especial interés para mí. Además premiaban por responder lo que ellos me enseñaban en ese sentido.  

Durante mucho tiempo me fue indiferente cuestionar creencias, o plantearme su validez, actuaba oportunamente como suponía que suponían que debía hacerlo, aunque confieso que mis decisiones pudieron haber sido más certeras y menos complicadas en mi vida.  Hubiese hecho sufrir menos y disfrutar más a los que me rodeaban y a mí mismo, de haber conocido antes esto que usted esta a punto de empezar a leer, en lo que a creencias se refiere. 

Invariablemente las creencias, —aunque se tengan en el “sótano” o en el “ático” o “en el frente”, o crea uno que le son indiferentes, ya que siempre se cree; aunque se crea en nada, en nada se cree—   de alguna manera afectan nuestro desenvolvimiento social en general ya que forman parte de nuestro entendimiento, o manera que cada quién tiene de interpretar o procesar los estímulos que le afectan y determinan nuestras acciones o respuestas o reacciones a esos estímulos. Influyen en nuestras relaciones y en algunos casos las determinan. 

No fue sino hasta que me vi obligado durante algunos años  —por circunstancias particulares—  a estudiar la Biblia, cuando empecé a percatarme de que las cosas que me enseñaron no eran tales, no eran “lo bíblicamente aplicables” que decían ser. Esto produjo perplejidad y desencanto en mí.  Poco a poco, para mi sorpresa, la misma Biblia confirmaba mis sospechas y dejaba “mal parados” a los que se estaban “tomando la molestia” de interpretármela. 
Durante los estudios encontré versículos que nadie explicaba. Extrañamente, no eran “tocados” en las biblias de estudio que tenía. Ningún libro especializado los explicaba congruentemente.  Incluso algunos sólo se limitaban a nombrarlos superficialmente, obligados tan sólo por la metodología que se habían auto-impuesto de analizar porciones bíblicas versículo por versículo en sus tratados. 

No habían respuestas adecuadas que encajaran dentro de sus mismas maneras de interpretar, en ninguna denominación cristiana que conocía, ni evangélica, ni católica, ni protestante, ni otra denominación cristiana, nada.

Incluso habían ciertas posiciones que reconocían esas “aparentes” contradicciones y aceptaban no tenían elementos suficientes para ser consistentes con esos versículos. Éstos contradecían todas las interpretaciones que conocía y no tenían explicación alguna para ello.  Y lo que consideraba peor, nadie hacía ningún esfuerzo por encontrar explicaciones que no confrontaran, simplemente eran ignorados, rendidos al paradigma de impotencia inculcado.

Me acercaba a maestros de Biblia —dentro de mí nunca hice discriminación— a curas católicos, a pastores y líderes evangélicos y protestantes de varias denominaciones, para que me explicaran ésas incongruencias insólitamente evidentes.  Sus respuestas eran evasivas, tan ilógicas y contradictorias que me dejaban más perplejo. 

Otras veces quedaban atorados en “rodeos” o “aplazamientos”. Tantos que cuando “apretaba” o los dejaba sin salida bíblica, mostrando el enredo que su interpretación hacía, me decían; “cuando estemos en el cielo lo comprenderemos”.   

Otros me respondían que había que esperar a que el líder de la iglesia  le llegara la “revelación de Dios” a pesar de que lo empezaban a considerar “Dios para todos”.  Que por el momento no me tenían respuesta, de algo que se suponía básico en el mensaje que a mi parecer, deberían dominar hasta la saciedad.  Otros sencillamente me evitaban, me decían que tendría yo que viajar a ver al líder principal. 

Algunos me increpaban, según ellos, por “mi obsesión” de querer saberlo todo, como si fuese eso un pecado o una malévola afrenta, o que tenía un vientre perverso con aviesas intenciones, sugiriéndome que me conformara con “lo que había”.  Cuando “lo que había” o lo que encontraba en esos versículos, contradecía la interpretación de ellos.   

Una persona bien intencionada me dijo que no siguiera “desestabilizando”. Según su apreciación, ponía en riesgo mi propio futuro, mis inquietudes “estaban trabajando” en mi contra. 

En otras palabras, aceptaban no tenían las respuestas, se daban cuenta de su ignorancia, pero eso no los inmutaba.  Les incomodaba mi persona que hacía ver esas discrepancias, para ellos indiscutible y necesariamente sin importancia. Aún viendo que esos versículos contradecían lo que enseñaban, insólitamente ellos sostenían no lo contradecían, cuando aceptaban que sí la había. ¿Nota la contradicción?  

Seguían “cegados” en lo de ellos, en “lo que había”, a pesar de que la evidente falta de respuestas ponía todo lo que enseñaban en entredicho.  Simple, habían decidido “no verlo”, como tapando el sol con un dedo.   Ninguna interpretación cuestionada daba respuestas compatibles con esos versículos.  Los contradecían, sin más, y a eso quedaban indiferentes.  Tenían que decir que esos versículos  no decían lo que decían. ¡Y lo decían!   

Me di cuenta que se había formado una especie de falso modelo, un sueño incuestionable e indiscutible, donde la evidencia ya no importaba.  Un espejo que no existía y en el cual todos afirmaban verse reflejados, “en esperanza”. Todos fascinados con el sueño del espejo. El espejo de su imaginación. El sueño que decidieron creer, la fantasía del espejo donde “ven” las imaginarias promesas que les esperan. Lo que se les concedió y lo que quisieron creer sin reflexionarlo del todo.  

Aducían que era falta de fe la que adolecía.  Sí, era falta de fe en lo que ellos enseñaban, porque la fe que la Biblia enseñaba era otra, ahí estaba escrito para asombro mío e indiferencia de todos. 

Así, me convertí en algo incómodo e insufrible, una piedra en el zapato para los líderes de los grupos religiosos, que se consideraban cristianos, a donde llegaba a indagar, de los cuales o salí o fui “invitado a salir”. Estaban siendo fuertemente cuestionados por mis inquietudes. Éstas hacían evidente a “sus seguidores” la falta de respuestas congruentes sobre la temática bíblica que se jactaban dominar. Lo que obviamente ponía en duda su autoridad “dada” por Dios. La más sensata de las respuestas la recibí de la misma Biblia.   

Algo sí me quedaba claro entonces y a ellos también, a todos les hacían falta ésas respuestas congruentes con sus mismas interpretaciones. No respuestas extra-bíblicas, o respuestas a pasajes aislados de una sola mención, cuyas interpretaciones no se consideran doctrinalmente modificadoras o cruciales, no eran simples “curiosidades bíblicas”.  Sino respuestas sobre versículos directamente involucrados sobre el propósito de Dios y su plan para el hombre, que conforman la supuesta “buena nueva” que ellos predican. Algunos se incomodaron tanto que sufrí durante un tiempo amenazas anónimas constantes. Lamentable y sufrida persecución.

Estoy de acuerdo en que cada quien crea lo que desee creer; es más, así debería de ser.  Ahora si alguien dice que cree “toda” y “solo” la Biblia y se jacta de ello predicándolo, e involucra a “todo el mundo del planeta tierra” donde sólo los que “se convierten” son “los buenos”, “escogidos” del Dios supremo, amenazando a los demás que no creen como él, con maldiciones, perdición o destrucción eterna o castigo eterno1, infierno, diablo, llorar y crujir de dientes, debería al menos sujetarse a lo que ella enseña como un todo y no solo en parte como lo hacen. Y si sólo lo hacen en una parte de ella, como en realidad lo hacen, al menos deberían de enseñar, reconocer y decir que sólo es esa parte en específico la que enseñan, dejando claro que las otras no las comprenden, pues, contradicen lo que enseñan. Pero eso supondría un rechazo obvio de “los creyentes”.  
Por ello, todas las interpretaciones afirman que se basan en toda la Biblia. 

Si así lo hicieren realmente, este libro se escribiría de otra manera o quizás nunca se hubiese escrito. La historia hubiese sido otra. 

Considero hacerlo así para acentuar los contrastes, con “relieves” bien marcados.  Buscando se alcance ver más claramente las delimitaciones, para una mejor y más amplia comprensión del tema y se aprecie con amplitud cada elemento involucrado, para que cada persona sea capaz en plena libertad y seguridad “de dar en el blanco” que si existe, con su originalidad y exclusividad inherente a ella, enriqueciendo así a todos los que la rodean.  

Este es el primer libro de una serie, en los cuales intentaré plasmar éstos “descubrimientos” e interpretaciones que hace de sí misma la misma Biblia, con las respuestas que tanto inquirí.  No las encontré en ningún libro extra bíblico, predicación o estudio, tratado o consulta, sino las encontré al final, en la misma Biblia.  Como apreciará estimado lector, no necesitará ser un “estudioso” bíblico, simplemente se sorprenderá de lo sencillo que es. 

Este libro no cuestiona o pone en duda a la Biblia, ni su veracidad ni su origen, ni su autoridad absoluta, pero si cuestiona a casi todas las interpretaciones que se le han dado a la misma, por las incongruencias que han enseñado durante siglos, insólita y tristemente impuestas y aceptadas por miles de millones de personas en la historia de las que se han creído cristianas desde finales del siglo 1 d.C. a la fecha. 

Este libro no persigue “hacer adeptos” o ensanchar o agrupar simpatizantes, ni formar “otra religión”, sino dar algunas pautas sencillas a todo aquel que se considera cristiano y aprecia que “aún hay más”,  para facilitar que brote con más agilidad y frecuencia el sentido común, la sensatez y la cordura, con las ventajas que esto conlleva entre los que entiendan esta interpretación y a la vez hacerlos libres de sometimientos “obligatorios” e innecesarios.  Dando certeza bíblica y seguridad plena para ello, proporcionando además mayores elementos, más y mejor entendimiento y muchos enfoques, que le sirvan para minimizar errores en sus juicios y apreciaciones, aumentando su capacidad para acometer con suficiente soltura, holgura y propiedad esta genial, maravillosa e intensa vida. 

Además obliga a todas las denominaciones que se consideran cristianas a examinarse, a ponerse al día, mostrándoles la posibilidad inmediata de hacerse realmente una sola “en amor”, o al menos busca “presencia” pues las conmina a rebatir estas respuestas con “sus” respuestas.   

Y por último, también busca utilidades para su autor, la editora, los distribuidores, las librerías y los revendedores autorizados.

Éste es un libro que me hubiese encantado encontrar hace 40 años, aunque quizás en aquel tiempo, nunca hubiese llegado a mis manos, menos a las librerías donde me hubiesen dejado comprar.  Sea pues éste, lo útil que deba ser a quien lo necesite.

Nota 1 ejemplos de esto:  http://www.ebenezer.hn/Temas/Discipulado/resurrecciones.htm también el  numeral 1038 del catecismo de la Iglesia Católica

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